sábado, 25 de febrero de 2012



Nada hacía presaguiar este final tan irreal más propio de las obras de los hermanos Álvarez Quintero que de los escritores de segunda categoría. El decorado roído y descosido en partes iguales a ambos lados del manido escenario y falto de alma que se encontraba a los pies del protagonista. Nunca antes el actor se había desgarrado las vestiduras emulando un desengaño anunciado con esa música ténue, lenta y casi etérea. La soledad como única compañera de escena se atrevía a mirarlo de soslayo con una mirada penetrante y sincera con un ápice de desazón y tristeza. Las úlimas palabras del guión se le quedaron atravesadas en la garganta, enclavadas en su boca y se resistían a dejarse llevar por el aire. Se negaba a despedirse del público con semejante frase que pusiese un punto y final a la historia jamás contada, en vez de eso, sacó su petate bebió un sorbo y escupió sus pensamientos más certeros con entereza y buen hacer. Deslumbró por si mismo sin florituras, daba igual si el decorado se caía a pedazos y si la música se hacía cada vez más silenciosa, el público al unisonó emudeció, se puso en pie y aplaudió. El sonido del auditorio se quedó grabado en sus entrañas, en cada poro de su piel, en cada centímetro de su inhumana existencia.

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